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Reflexiones sobre su idoneidad

Caza de corzas, una necesidad

Todos los años cuando llega enero suelo escribir sobre el tema del control de las corzas. Unas veces sobre qué criterios seguir en la selección y otras sobre qué cantidades hay que cazar y por qué hay que abatirlas.
Caza_Corzas_G Pareja de corzas sobre un paraje nevado.

Lo hago porque estoy convencido que, como cazadores y gestores, somos responsables de que exista un equilibrio entre la cantidad de corzos y el medio en el que viven/conviven con otros animales y usuarios. Sé que a muchos cazadores les repulsa la sola idea de matar a una hembra; tantos años de adoctrinamiento no se cambian en una noche. A otros les parece una barbaridad porque son las mamás de Bambi y, como en la infausta película, cuentan con que un día se vuelva un macho espléndido al que podrán tirar. Y otros creen que cazarlas en estos momentos del año hará que se vaya del coto hasta el último corzo y que cuando abran la temporada no quedarán ni machos ni hembras porque se habrán ido todos por miedo. Incluso he encontrado a algunos que ni siquiera saben por qué, pero se oponen a la caza de corzas.

Lo cierto es que hay una respuesta para casi todos ellos y bien explicada: la caza de corzas es entendida por cualquiera con un poco de seso y ganas de entender. No para esos tozudos que se oponen porque sí. En muchos artículos y en mis dos libros sobre la especie, he explicado claramente que un coto no puede tener cada día más corzos de forma indefinida. Llega un momento en el que ya no cabe ni uno más. Incluso si no cazamos nada, tarde o temprano ya no hay incremento del número de año en año. Alguna variación si habrá de uno a otro, pero nada espectacular.

Evolución de los corzos de un coto

Ésta puede resumirse de la siguiente manera:
  • Cuando aparece la primera 'cabrilla' o corzo en una zona, durante varios años aquello parece no crecer nada. Se van viendo más a menudo y la gente toma conciencia de que aquello ha llegado para quedarse.
  • Sin embargo, como de golpe, empezamos a ver que el número de corzos es cada vez mayor y que se ve crecer su cantidad año tras año. Son los años de la bonanza, cuando se abaten grandes trofeos y todo el mundo está contento.
  • Al cabo de unos pocos años la cosa llega a un punto en que uno ya no es capaz de decir si ese año hay más o menos corzos. Lo que sí aparece en ese momento de saturación son los problemas que tiene asociados el exceso de corzos: cada vez los trofeos son peores y cada vez vemos menos crías por cada hembra.

Efectos de la saturación del medio

Llegados a este punto de saturación del coto, nuestros corzos se encuentran en una situación tremendamente crítica al ser cada vez más debiluchos por falta de comida, lo que los deja a merced de cualquier parásito. En el oriente asturiano lo han experimentado de forma dramática con la llegada de la mosca de la nariz, la famosa Cephenemyia stimulator, que ha reducido algunas poblaciones en más del 70%.

Ciertamente, a todos nos gustaría poder cazar todos los años cuantos más corzos mejor y creemos que eso se consigue con muchos animales en el coto. Siendo simplistas, se dice que si dejamos las hembras, cuantas más sean más machos parirán. ¿Entonces por qué llega un momento en el que aquello ya no crece? Pues porque el crecimiento anual de una población está influido por la densidad, siendo menor cada año cuando se pasa un cierto umbral. Las corzas del inicio de la población están gordas y sanas y paren dos crías por año, también gordas y sanas. Las corzas de la parte final ya no están gordas y cada vez parirán menos crías y más debiluchas, por lo que se morirán antes de que lleguen a edad adulta.

En definitiva, es una cuestión de cantidad y calidad de la comida que pueden comer las corzas. Y eso también se refleja en el tamaño de las cuernas de los machos. Si comen bien darán grandes trofeos y si no comen bien darán peores trofeos. No sólo eso, cuando aún no se ha pasado ese umbral óptimo de densidad, los machos alcanzan su máxima cuerna con tan sólo tres años, mientras que necesitan cinco o seis cuando ya están cerca de la capacidad de saturación del medio.

Corzas: hay que cazarlas sí o sí

En esos cotos en los que con cada precinto de macho -como si fuera de chicle- se cazan tres corzos y en los que ni se molesta a las corzas, con el paso del tiempo están llenos de ‘señoras viejas’ y casi sin crías y un puñado de corzos de primera y segunda cabeza. Los cazadores son los responsables de que cada día haya menos machos, pero las corzas son las responsables de que cada vez estén peor los que quedan por falta de comida. Son ellas las verdaderas competidoras con los machos por cada bocado tierno.

Incluso en esas zonas donde los corceros son respetuosos con los cupos de machos asignados (en la mayoría de los casos muy por debajo del potencial delos cotos por culpa de la Administración), al cabo de unos años, si no se cazan hembras o sólo de manera simbólica, habrá muchas ‘doñas’ y cuatro machos malos.

Abatir corzas supone reestablecer el equilibrio entre el animal y su medio. Supone retirar competencia para el resto de corzos que quedan vivos y por ello es malo para el individuo cazado (que la ‘palma’) y bueno para la población. Ciertamente, al matar una corza la retiramos a ella y a toda su potencial descendencia, pero al mismo tiempo ganamos en calidad y cantidad de descendencia del resto de hembras que quedan en el coto. Lo que perdemos potencialmente con una lo ganamos con creces al mejorar la situación de las demás.

(Texto: Rafael Centenera / Fotos: Shutterstock y Archivo)