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RELATO DE CAZA EN TIERRAS CONQUENSES

Corzos en celo: el macho de las dos corzas

Tarde de domingo de finales de julio en la piscina. Eso sí, como tuviese oportunidad de estar en el campo, tentando la suerte tras los corzos en celo, le daban por saco al bañador y a las chanclas y salía pitando sin dar explicaciones...
RelatoCorzoCelo_G Corzo en carrera y posando junto al macho del relato.

Pues bien, como si me hubiera leído el pensamiento, un buen amigo me manda un mensaje animándome a acudir esa misma tarde a su coto conquense para cazar un corzo. No salgo de mi asombro y tardo lo justo en estar montado en el coche, recorriendo los ciento y pico kilómetros que separan mi pueblo del cazadero, al que llego transcurrida poco más de una hora. Le agradezco a Mariano sus dotes telepáticas e invitación mientras tomamos café, sin embargo no parece prestarme demasiada atención, excitado como está por el mucho celo que ha visto en la mañana y que le ha valido el abate de un macho adulto de bonito trofeo.

Como conozco muy bien el terreno, su intención es que cada uno cace por un lado, mandándome a una zona llana de rastrojos y barbechos, con un barranco al fondo, mientras él vuelve al escenario del rececho matinal porque quiere ‘quitar’ un corzo selectivo que ha visto al amanecer junto a una hembra. Su planificación no puede parecerme mejor, aunque he de confesar que cualquiera me hubiera cuadrado con tal de pisar tierra seca, dura y polvorienta en busca de ‘duendes’ encelados.

Atendiendo la dirección del viento, bordeo por el lado derecho el espacio llano y llego al barranco, que ya está completamente en sombra. La idea es permanecer aquí hasta que la luz comience a menguar, repesando a continuación las parcelas de cultivo de regreso al vehículo. Todavía hace calor, mucho calor, pero qué delicia padecerlo sentado y registrando con los prismáticos todo lo que tengo por delante.

Una corza y su corcino en un altiplano de aulagas, retamas y espinos, un zorro a lo lejos que sale de un pegote de pinos, otra corza moviéndose entre piedras y chaparros, dos cochinetes llegando a las junqueras delatoras de agua y frescor en el fondo, una corza más que ‘brota’ de entre unas hierbas altas, torcaces, abejarucos y vencejos compartiendo cielo antes de que el día diga adiós definitivamente... El espectáculo, como cabe imaginarse, es delicioso y muy entretenido, si bien ganaría mucho con la presencia de algún macho de Capreolus capreolus atraído por tanta corza, lo que no ocurre al final y me obliga a dejar el lugar ante la caída alarmante de la luz.

Reconozco que echo a andar algo contrariado, lo que no dura mucho porque a lo lejos, en un amplio rastrojo, distingo las figuras de tres corzos. Acelero el paso y trato de quitarme de la cabeza que sea una hembra con dos crías. Voy ganándoles terreno por un rastrojo paralelo, aunque no todo lo rápido que quisiera porque he de controlar el ruido que hago al pisar las pajas. La oscuridad es mi enemiga y voy a hacer lo posible porque no gane esta partida. Creo saber dónde están los animales, sin embargo llevo unos minutos sin poder verlos por la ‘cortina’ de chaparros, hierbas y majanos de piedra que constituyen la linde de ambas parcelas. Decido parar y asomarme aprovechando una ‘ventana’ que se abre a mi izquierda, sorprendiéndome lo cerca que se encuentran y comprobando que son dos corzas y un corzo lo que tengo a escasos cien metros. Mientras trato de pasar de una tierra a otra con sumo cuidado, observo cómo el macho, cuya cuerna sin duda invita al lance, persigue a una y a otra corza alternativamente. Mi temor es que se alejen mucho del sitio que ocupo en ese momento, ya metido en su rastrojo y con el rifle apoyado en el trípode. No ocurre esto y tras las carreras vuelven a situarse cerca, pero añadiendo si cabe más emoción al lance al tumbarse de repente los tres, el corzo en medio y las hembras, separadas unos metros de él, a los lados.

¿Qué hago? ¿Aguardo a que se levante para disparar y me arriesgo a quedarme sin luz? ¿Lo tiro tumbado, con las muchas posibilidades que tengo de fallarlo o dejarlo herido? ¿Hago ruido para ver si se pone en pie, esperando que me dé el suficiente tiempo para accionar el disparador antes de que emprenda la huida? ¡Menudo dilema, menuda decisión a tomar casi sin luz y empapado en sudor! Al final opto por la tercera alternativa y me sale bien, tras haber silbado a los animales varias veces, haberme dado el corzo unos valiosos segundos al levantarse y haber acertado en un difícil tiro que no dejó al macho alejarse más de veinte metros antes de caer.

(Texto: José María García Medina / Fotos: Shutterstock y autor)