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Algunas consideraciones sobre los aguardos nocturnos en este tiempo

Frío invernal y esperas al jabalí

El invierno es una de las más implacables armas puestas en escena por la selección natural. Individuos viejos, enfermos, mal desarrollados o subalimentados sucumbirán al mazazo del frío. El jabalí, nuestro jabalí, también.
Reportaje_FrioEspera_G Jabalí macho sobre la nieve propia de este tiempo.

La improvisación es mala, muy mala consejera del esperista, especialmente en invierno. Nadie duda que cualquier noche, en cualquier rincón de nuestra geografía, es posible que un afortunado cazador extienda su roída manta en el suelo en la primera era que vea y abata un majestuoso ejemplar de marrano envidia de todos nosotros, pero además de improbable, es posible que ese lance sufra el disfavor de no haber sido sudado, de no ser fruto del método, del trabajo, del estudio y del esfuerzo del avezado esperista. A nadie le amarga un dulce, no lo vamos a negar, y ya quisiera yo, y supongo también todos ustedes, gozar de la bendición de la diosa Fortuna y, al menos de cuando en cuando, encontrarme de bruces y a las primeras de cambio con un majestuoso cochino de careo confiado y ajeno al destino inmediato que le espera, pero como la fortuna terrenal no se trabaja, sino que simplemente se goza o padece, si queremos jugar el sorteo de esta lid con un buen número de papeletas, no nos va a quedar más que estudiar, trabajar y sufrir como nunca.

En invierno hay que comer, hay que comer más que nunca, y eso va a obligar a los jabalíes, según vaya avanzando esta estación en el calendario, a recorrer grandes distancias, a moverse mucho más de lo habitual, atravesando, por mera necesidad, terrenos prohibidos tan sólo algunos meses atrás.

Los terrenos se acotan, las cumbres se cubren de nieve obligando a los guarros a concentrarse en la parte inferior de las sierras y en los valles. Menos terreno y más jabalíes por hectárea hacen que el alimento se agote, y acabado éste en el interior de la segura mancha los animales no van tener más remedio que buscarlo fuera. Los pastos se queman con las terribles heladas y los terrenos algo elevados resultan ya imposibles de horadar con la jeta, helados como están. No hay más remedio que aventurarse a salir a los valles bajos, a las riberas de los arroyos, allá donde la relativa bonanza térmica permita buscar alimentos tan dispares como sabrosos. Un níscalo aquí, una culebrilla allá, una trufa junto al camino, un hormiguero cargado de trigo y huevos, un topo en el llano en el que pacen las vacas, un conejo enfermo bajo el abrevadero del ganado..., cualquier cosa vale, cualquier bocado es bueno, pero el peligro es constante. El jabalí está en territorio humano, y dejando mil muestras y pistas de su presencia, muestras que serán seguro localizadas por el hombre. Ese mismo invierno que atormenta con su crudeza a ésta y a otras especies aleja también a la gran mayoría de esperistas de los montes. Pocos son los que se atreven a lanzarse al campo esos días de perros, pero algún lunático siempre hay dispuesto a pasar la noche en el monte para desgracia del hambriento cochino.

Una de las ventajas de la caza en espera durante los meses de invierno es que las posibilidades de error se limitan. Todavía a finales de otoño, con las hembras más jóvenes aún en celo y por cubrir, los machos andarán cerca cuando no dentro de las manadas, y en tales circunstancias un gran bulto sospechoso en medio de una piara puede llevar a engaño al cazador que abata sin quererlo una magnífica y ya preñada hembra adulta. También puede ocurrir lo contrario, que pensando que se trata de una hembra más dejemos pasar un bonito navajero que metimos varias veces en la cruz de nuestro visor. Ahora no, ahora es más difícil cometer un error. Por un lado tenemos a las inconfundibles manadas de hembras, madres, hijas y hermanas con sus primalotes, y por otro a los machos carentes ya de interés por los congéneres de distinto sexo. Quedan en el aire los machos jóvenes, esos expulsados ya de la manada pero sin la entidad suficiente para acoplarse al lomo del viejo marrano, y ésos son los que en muchos casos pagarán los platos rotos en su taciturno deambular por aquí y por allá en busca de un territorio en el que empadronarse. Confundida su masculina silueta y su soledad con la de un esperado solitario probablemente caiga abatido por el certero balazo de un ilusionado pero confundido por la oscuridad esperista.

Dura es la práctica del aguardo en esta época del año, muy dura, pero también son muchas las obligadas ventajas que los guarros nos van a dar en esta época del año. Los vamos a encontrar más cerca, en ocasiones confiados por la en teoría quietud y soledad de la noche. Van a tener que moverse más de la cuenta para encontrar el necesario alimento, y dejarán innumerables pistas sobre sus desplazamientos sobre la nieve y la tierra húmeda o labrada. La falta de alimento los acercará a terrenos mejor conocidos por nosotros, y probablemente la desesperación les lleve a aceptar de buen grado y sin las debidas precauciones unos puñados de maíz artificialmente distribuidos por la mano del hombre. Los machos viejos caminan de nuevo solos, por lo que serán difícilmente confundidos con adultas y rechonchas hembras, acompañadas la mayoría de las veces por su ruidosa y poco discreta familia. Lo decíamos antes: no es fácil, nunca es fácil, además ahora es duro, pero a buen seguro el estudio y el trabajo sobre el terreno del buen esperista dará tarde o temprano sus frutos. Los guarros están ahí fuera, y sabemos más o menos su forma de vida. Sólo queda prepararnos adecuadamente para poder cruzarnos con ellos en tan desapacibles terrenos y a tan intempestivas horas.

(Texto: IA Sánchez / Fotos: Shutterstock y Autor)