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contado en primera persona y todavía con la emoción en el cuerpo

La historia de una mujer cazadora, un arco y un viejo venado en berrea...

Este es el relato de uno de los lances más intensos, bonitos y emocionantes que he podido vivir, disfrutando de la inmensidad del monte a solas, con la inconfundible música de la berrea de fondo.
La historia de una mujer cazadora, un arco y un viejo venado en berrea... Lucía Rubio y Tango, junto al venado recién abatido por ella.

Tenía ganas de dejar por escrito los recuerdos de aquella tarde, un poco por el hecho de compartir todo lo que llegué a vivir y un tanto, porque a veces siento que si la memoria me falla algún día, podré volver a estas líneas y recordar uno de los momentos más especiales de mi vida cinegética. Todo comenzó tras un par de salidas de reconocimiento, buscando localizar algún ejemplar que cumpliera con las características que buscábamos. La berrea es el momento del año por excelencia en los montes y una oportunidad sensacional para hacer gestión. Sé que será un tema peliagudo para algunos y espero que no se sienta ofendido nadie, pero siempre he creído que es mejor no dar caza a los ejemplares más grandes, más fuertes y aún con mucha vida por delante en este tiempo, si no dejar que sigan pasando sus genes y asegurando una descendencia digna. 

Siguiendo con esta premisa, mi intención era la de encontrar un venado ya “cumplido”, usando la expresión acuñada por Pablo Ortega con respecto a los corzos, ampliando el espectro de aplicación a sus parientes mayores. Es decir, un venado ya en regresión, cumplido en años, que hubiera asegurado la transmisión de sus genes durante muchas berreas ya. El problema de los viejos guerreros curtidos en batallas, es que han llegado hasta ahí por algo y desde luego ese “algo” no han sido despistes e imprudencias. En la zona en la que cazaba, los venados grandes y ya viejos, berrean recelosos desde la protección el monte, pisando los campos de batalla de las rañas apenas durante dos o tres días y cuidándose mucho de exponerse tontamente. 

venado

Con el suelo completamente seco se me hizo imposible recechar a gusto, más teniendo en cuenta que con el arco, la distancia debe ser mucho menor y una última aproximación me parecía imposible sin espantar y vaciar la mancha. Busqué una zona de paso, una salida de la sierra que se me antojaba querenciosa y donde los restos de varios brezos hechos trizas, confirmaban mis sospechas. Me senté y esperé. Una carrera precipitada me sacó de mis ensoñaciones al poco tiempo y, como si las estuviera persiguiendo alguien, un tropel de seis muflonas y algún machito joven pasó a mi lado inconscientes totalmente sobre mi presencia allí. Les siguió un zorro, que a punto estuvo de sacarme una carcajada con las maniobras dignas de un equilibrista de circo para hacer sus necesidades encima (literalmente, es decir, en lo alto) de un torvisco.

El fragor de la berrea y su encarnizada lucha por las hembras, sonaban a música celestial y arrullaban mis pensamientos durante la espera, pero los berridos secos, broncos y muy separados en el tiempo que resonaban a media falda, instintivamente me ponían alerta y hacían que se me erizara la piel. Sabía que venía bajando, porque aunque berrease cada mucho tiempo, podía apreciar la diferencia del lugar del que procedía el sonido y la voz, era inconfundible. Me sorprendió un venado joven, de pivotes altos, cuello estrecho y con las cuernas aún blancas a falta de pintarlas frotándose contra el monte. Apareció tranquilo y se dedicó a ramonear delante de mi, sin hacer si quiera el amago de abrir la boca y berrear ni una sola vez. Estuvimos más de cuarenta minutos compartiendo ese remanso de paz, en los que observé embelesada cada uno de sus movimientos. 

Y rompiendo aquella tranquilidad en la que hasta yo me había acomodado, levantó la cabeza bruscamente, se quedó clavado mirando hacia un punto fijo dentro del monte y echó a correr perdiéndose entre las jaras. De sopetón, el berrido ronco y seco retumbó frente a mí, a unos 30 metros. El aire soplaba firme y constante en la misma dirección, manteniéndome invisible y entre sus ráfagas, se camuflaba mi hiperventilación. Porque ese berrido inesperado, a esa distancia, a punto estuvo de costarme el infarto. 

 

berrea ciervo

¿Habéis sentido alguna vez cómo el corazón os golpea tan fuerte en el pecho que parece no dejarte escuchar bien? Pues así estaba yo, intentando dominar mi pulso y escuchar por encima del repiqueteo inconstante de mi corazón. Se me hizo eterna la espera. El viejo guerrero se las sabía todas y hasta que la última luz ya violeta no relamía el horizonte, no volvió a berrear ni dio un paso fuera del monte. Pero cuando lo hizo… si antes había pensado que había estado cerca del paro cardiaco, esta vez sentí de verdad que se me encogía el pecho y que la arritmia de los nervios se acentuaba. 

Volvió a berrear. Esta vez, envuelto ya prácticamente por la oscuridad, con más confianza. Comenzó a dar pasos firmes, con la soberanía que otorga la edad y la confianza de saber que otros, jóvenes e inexpertos, se apartaban ante su presencia. Y berreó de nuevo. Allí sentada en el suelo, sola con el arco en la mano, me sentí sobrecogida, fascinada y hasta insignificante ante él. Volvió a berrear. La tensión crecía por segundos y a la vez el tiempo parecía haberse parado en ese claro, como si el mundo se resumiera a ese venado y yo, y nada más. 

Entonces le vi. Oscuro, muy muy oscuro de pelaje, con el cuello ancho teñido de negro del propio celo al igual que la tripa. Se plantó ante mí a unos 25 metros. Berreo de nuevo y esta vez, agachó la cabeza y comenzó a zarandearla de un lado a otro, dando golpes a diestro y siniestro en un brezo. Los berridos comenzaron a hacerse mas frecuentes y la luz, empezaba a irse del todo. Llegó hasta unos 6 o 7 metros de donde estaba yo y volvió a berrear. Aunque el tiro de frente no es el idóneo para el arco, a esa distancia ya sentía que era él o yo. 

Estaba tan cerca, que el movimiento de apertura del arco le hizo espantarse y retroceder unos 10 metros, pero como el aire seguía soplando a mi favor y sus hormonas jugando en su contra, se paró ofreciéndome el costado completo, se clavó firme y berreó. La flecha voló y el ruido del golpe seco tan característico del impacto, me hizo saber que había hecho diana. Saltó con las manos completamente estiradas y agachó la cabeza, prácticamente a la vez que emprendió una carrera loca rompiendo monte cuesta abajo.

flecha

En cuestión de segundos, escuché piedras rodar y el sonido inconfundible del “pataleo” como se dice en la jerga montera, fruto de los últimos estertores del animal ya en el suelo. En ese momento fui consciente de que, desde el momento en que había abierto el arco, prácticamente no había cogido aire. Comencé a temblar hasta que me castañeaban los dientes, mientras dejaba pasar el tiempo propio que se debe dar con el arco, para que el animal muera sin estrés, en paz y sin ser consciente de lo que ha pasado, -aunque sabía que había sido fulminante prácticamente-. 

La oscuridad ya era completa, habían pasado 30 minutos y no había conseguido dejar de temblar. Fui al lugar del tiro y encontré la flecha, clavada en el suelo y cubierta de una sangre espumosa llena de pompas, que me hizo saber que había alcanzado pulmones y seguramente corazón. La propiedad acudió tras mi mensaje contando lo ocurrido, acompañados por Leopoldo -mi compañero de batallas y de vida-, y Tango, nuestro sabueso de Baviera -ampliamente más conocido por sus fechorías en casa, que por sus cobros siguiendo un rastro-… Pero haciendo gala de su privilegiada nariz, le costo nada y menos dar con la sangre y a los pocos metros, con el venado. Y como si estuviera completamente sola aún con él, me agaché a su lado y lloré. Dejé salir todo. Todos los nervios, la tensión, la emoción, la adrenalina, el cansancio… Y le di gracias a Dios por haber orquestado el azar, para que aquella noche de berrea hubiéramos acabado donde estábamos, recorriendo el camino recorrido.