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En la antesala de que los bramidos se apoderen de nuestros montes

Venados y recechos en berrea

Quizá en algunos puntos de nuestra geografía ya empiecen a notarse variaciones en la conducta de venados y ciervas, aunque el celo de la especie, y con él los bramidos de los machos, se harán esperar unos días o semanas.
Previo_Berrea_G Venado berreando ante algunas de sus hembras.

Será cuando comience a cambiar el tiempo y resulte evidente que lo peor del verano quedó atrás, con el consiguiente paso a una nueva estación y la llegada de la otoñada. Nos encontramos, por tanto, a las puertas de los recechos en berrea, una modalidad fascinante como pocas y que nos permitirá gestionar escrupulosamente la cabaña de cervuno presente en los distintos acotados de nuestra geografía.

La mayoría de los venados a estas alturas del verano ya tienen sus cuernas limpias de correal. El celo está próximo y los machos lo intuyen, lo presienten, lo barruntan, de ahí que precisen tener sus defensas listas para cuando las hembras muestren su cambio hormonal y ‘entren en calores’, iniciándose entonces, por parte de los venados, la búsqueda y agrupación de las hembras para aparearse. Serán unas semanas intensas, primero algo más silenciosas hasta que todos los ‘actores’ ocupen sus posiciones, luego más sonoras en cuanto los ciervos arranquen a berrear, a marcar los territorios y a luchar entre sí por el dominio de las ciervas y de los espacios. Es un periodo agotador para los ejemplares dominantes que acceden a las hembras, y no sólo por el desgaste sexual que lleva implícito, sino también por los continuos combates que habrán de librar, lo que les llevará a un estado de máxima agitación en el que apenas comerán, con la consiguiente pérdida de peso y fuerzas.

Y mientras los animales adultos se disputan la jerarquía y las hembras a base de entrelazar brutalmente sus cuernos y empujar al adversario hasta echarle de sus dominios, los machos oportunistas estarán a la espera de cualquier posibilidad que se les presente para montar a alguna hembra alejada. Los jóvenes, en cambio, sin opciones de cubrir, se conformarán con luchas de menor intensidad con congéneres de su mismo rango como anticipo de lo que les espera en futuras berreas.

Como cabe suponer, se trata de un tiempo de lo más vibrante en términos naturales y cinegéticos, por eso nosotros, los cazadores, somos unos privilegiados al poderlo vivir allí, en el monte, a escasos metros de los protagonistas, oyendo los bramidos y también los choques de cuernas, mientras llevamos a cabo la caza de trofeos o de ejemplares selectivos.

En referencia a esos recechos que tienen como objetivo los mejores trofeos, los venados medallables, señalar que éstos, si las áreas de caza cuentan con densidades de reses altas y resultan numerosas las peleas entre machos, suelen adelantarse unos días a fin de que las cuernas se encuentren intactas, sin fracturas ni roturas de puntas, durante el ejercicio cinegético. Son jornadas en las que el celo y la berrea aún no han alcanzado su cénit, pero los ciervos ya han dejado atrás su carácter esquivo y cauteloso y se muestran más visibles a los prismáticos y telescopios de guardas o guías y cazadores.

Aunque haya quien piense que abatir venados en este tiempo no encierra demasiadas complicaciones, convendría apuntar que esto no es del todo cierto, ya que si bien los grandes machos están a lo suyo, a tratar de montar al mayor número posible de hembras y a defender su estatus frente a posibles contrincantes, las ciervas ejercen una férrea vigilancia y pondrán en fuga a todo el grupo, ‘galán’ incluido, a la menor señal de peligro. Y créanme que serán muchos los ojos, narices y oídos atentos que nos controlarán en nuestras incursiones por unos cazaderos secos donde no hacer ruido al andar resultará casi misión imposible. 

(Texto: José María García / Fotos: Shutterstock, IA Sánchez y Alberto Aníbal-Álvarez)