Pasar al contenido principal

El viento como elemento clave en nuestros recechos

Para algunos cazadores el rececho se ha convertido en una forma de superarse a sí mismos, pues son conscientes de que para lograr un promedio de 1:10 (bajo) es necesario poner mucha voluntad, conocimiento y concentración.
macho montés,

Después de todo recechar es como jugar una partida de ajedrez: gana el más inteligente, no el más fuerte.

Para llevar a cabo un rececho con éxito hay que mantener dos cosas en mente. La primera de ellas es que antes de iniciar la cacería, y para que la misma tenga alguna posibilidad, uno debe de conocer el terreno, los hábitos de su presa y poseer el equipo necesario para ello. La segunda es que el éxito del lance está relacionado directamente con la atención al detalle que prestemos, entre ellos el hecho de conocer de antemano qué podemos esperar en materia de planes de defensa y sistema de detección del peligro por parte de nuestros adversarios.

Conocer las costumbres de los animales según el viento

Al menos los cérvidos, que es probablemente la especie más recechada, montan su sistema de detección del peligro alrededor del viento. ¿Por qué? Este elemento es el vehículo que transporta la información necesaria para el buen funcionamiento de dos de los tres sistemas primarios de detección de estos animales: el olfato y la audición. La visión, que conforma el tercero de ellos, funciona mediante la transmisión de luz y es más efectiva de noche, cuando los humanos vemos poco o nada.

Como regla general en las praderas y en el interior de los montes, los cérvidos marchan contra el viento y descansan con el mismo a sus espaldas. La excepción a la regla en cuanto a desplazamientos la constituyen los terrenos escarpados, los cuales escalan por las mañanas y descienden por las tardes, siguiendo la misma dirección del viento, que al calentarse al comenzar el día asciende, para recorrer el camino inverso con el atardecer y el descenso de la temperatura.

Ganar altura para tener ventaja

De esto se desprende la primera regla práctica de la cacería de altura: ganar los terrenos altos antes de la salida del sol, y una vez en ellos sentarse a esperar a que los animales comiencen a escalar, sin la protección que el viento les otorga, ya que el aire vendrá de ellos hacia nosotros, y no a la inversa. Si bien éste no es un ejemplo clásico de un rececho, el mismo sirve para ilustrar cómo funciona el viento y la enorme importancia del mismo.

Las cosas funcionan exactamente al revés en los terrenos planos, sean estos arbolados o simplemente praderas donde la hierba más alta no supera los veinte centímetros. Aquí los animales mantienen siempre el viento a sus espaldas, ya sea que se encuentren en movimiento o descansando, a menos que estén en un terreno muy sucio, de escasa visibilidad, se encuentren huyendo o sospechen de algo, en cuyo caso tratan de poner el viento de frente.

Cualquier pieza de información auditiva u olfatoria que se genere a espaldas de los ciervos, y que sea arrastrada por el viento sobre su línea de marcha, será rápidamente captada, y si una vez analizada el animal determina si pertenece a alguno de sus predadores, hombre, perro, lobo o puma, en cuyo caso, y sin siquiera darse vuelta para constatar con su visión lo que olfateó o escuchó, dará inicio a las maniobras de evasión y escape.

Por supuesto que esto pondrá por tierra cualquier intento de aproximación desde su retaguardia, ya que los 180 grados del círculo defensivo posterior estarán cubiertos por estos dos sentidos, aunque en este caso predomine la audición, la cual se ve favorecida por la habilidad que estos animales poseen para orientar sus enormes pantallas auditivas directamente hacia el punto en que se originó el estímulo. Es más, es tal esta habilidad que los ciervos pueden procesar simultáneamente la información proveniente dos focos separados entre sí.

(Texto: Daniel Stilmann. Fotos: Alberto Aníbal-Álvarez y Shutterstock).